Era como sus ojos: cambiante.
Ella decía que tenía los ojos fáciles, porque podían ser de color que quisieras.
También decía que era una persona difícil, por el mismo motivo. Pero al revés.
En seguida se cansa. Toma un sorbo de infusión y le habla al espejo o al tablero de ajedrez:
- ¿A ti no te pasa a veces?
- ¿Darte cuenta de que sabes y entiendes más de lo resulta cómodo en el contexto y situación de tu persona? Sí, a menudo.
- No, me refiero a sentirte rara los días de niebla.
- Ah. Eso también.
Se pinta los labios rojos, para que parezcan estar vivos hasta los besos que no da. Gime, orgasmo en mi bemol. Un poco desafinado.
¿En qué piensas?
Aún se oyen voces en el patio.
Pensamientos que se deshilachan, síguelos si quieres perderte.
Y en todas las paredes algo que te dice que no deberías estar aquí ni ahora. Contradicción espacio-temporal; personal e intransferible como una epidemia
Decían que hacía el amor porque era la única manera de hacer poesía.
Tantas veces había pedido poemas al aire que ahora le resultaba extraño rimar con el viento. Pero se había enamorado de él y también de la brisa que rozaba su cuello por las mañanas. Pero quería enamorarse de algo que no sabía cómo definir. Alguna vez le oyeron decir que quería enamorarse de la vida, pero que era demasiado perra para poder escribirla.
Sí, porque amar significaba escribir. Amar tan solo era un arte más, pero un arte que englobaba al resto. Amar le parecía lo más bello, aunque ni siquiera supiese con certeza si lo había experimentado. Quería pasar su vida amando, porque siempre se había dicho que no era lo mismo escribir amando que sin corazón. Y entre las cosas que tenía claras estaba escribir; en cualquier momento, en cualquier lugar, con lo que fuese. Le daba igual que fuese una noche con luna pintando palabras con sus manos en la arena de la playa, o que fuese junto a la lluvia que caía empapando la ciudad; o quizás tras la ventanilla de un tren, quizás un tren que no sabía a dónde iba ni de dónde venía para no volver nunca más. Pero escribir, no dejar nunca de expresarse. Porque a veces si no veía sus delirios escritos creía no entenderlos y puede que aunque los escribiera siguiese sin comprender nada; pero así sentía que las palabras no se iban como el viento.
Ni siquiera sabía si sabía escribir, a veces se le olvidaba crear armonía entre palabras, pero en su interior siempre desataban sensaciones. Porque, incluso en los días en que estaba dispuestx a morir la única parte suya que le quedaba: escribir le daba vida. Tenía demasiado dentro como para dejar de sentir. Tenía demasiados versos escondidos y demasiadas letras que ubicar. Sí, seguían diciendo que hacía el amor porque era la única manera de hacer poesía.
No tenía guía, hacía tiempo que caminaba solx. Paso a paso, poco a poco, vida a vida. Quiso salir, lo necesitaba (o eso creía). Vena a vena se tiñó su sangre de azul y así su corazón. Vestía de los colores del aire para sentirse un poco mejor y observaba con detenimiento todo lo que tenía a su paso, así fue creciendo. Evolucionando, por sí mismx. Dejó de fiarse de los caminos pues eso significaba que alguien los había marcado y tenía claro que se quería crear uno propio. Quería recorrer su vida por donde nadie había pasado, quería guardar en su bolsillo las huellas que había vivido para seguirlas solamente cuando se hubiese perdido. Pero, ¿y si ya se había perdido? Bueno, volvería a encontrarse. Eso ya no importaba, ¿acaso importaba algo más que volver a vivir? Renacer y respirar el aire, esnifar los momentos y vivirlos al máximo. Eso sí que le importaba, poder disfrutar de lo que le brindaba el mundo – siempre en un vaso de agua-. Su mundo.
No quería olvidar, no estaba dispuestx a empezar de cero. Había vivido y tan solo iba a recorrer otros caminos, aquellos que nadie había pisado. Pero claro, le caracterizaba cierta bipolaridad; por eso a veces quería romper con todo. Y a veces no. Entonces llegó a la conclusión de que no sabía todo lo que quería, de que aunque hubiese cosas que tenía muy claras siempre había otras que iban y venían; incluso que no volvían. Por eso todos los días eran diferentes.
Tenía miedo. Y sabía que ahora no tenía a nadie para ayudarle con su delirio. Tenía miedo de olvidar cómo se sonreía y de que nunca más volviese a hacerlo, no de verdad; tenía miedo de no volver a sonreír de verdad. Pero también tenía miedo de sonreír, de sonreír tanto que le dominasen las sonrisas vacías y dejaran de afectarle las cosas; tenía miedo de que por falsas sonrisas se olvidase de sentir. Por eso y por tantas cosas quiso construir su mundo, a su medida. No necesitaba maletas, tan solo se llevaría consigo aquella sonrisa. Una de verdad.
Y sabe que en ese mundo (ahora) estará solx, porque quizás aquí haya cosas que aten demasiado. Pero sabe que necesita ese mundo para sobrevivir, un poco más que antes. Pero no sobrevivir por inercia; sobrevivir de verdad. ¿Cuánto tiempo sería capaz de esperar hasta encontrarlo?
Piérdete -le dijo la ciudad-, piérdete en mí. Y ella entendió que debía encontrarse.
Lléname de vida y seremos arte.
Vive, siente muy fuerte;
como si mereciese la pena,
como si fueses a morir.
Esta es la historia de un loco. Uno de esos que de repente entendió que sí, que estaba loco. Y desde entonces todo es más aburrido. Por eso, procura olvidar que lo sabe. Como no tiene sentido, puede ser cualquier cosa, hasta feliz.